martes, 11 de enero de 2011

La verdad

LA VERDAD

La verdad. Peliagudo tema. Es sin duda uno de los más complicados que hemos podido tratar. Y ¿somos nosotras las más indicadas para hablar verazmente sobre la verdad? Perdonad el juego de palabras (risas). Pero en serio, lo vamos a intentar.

Se nos define la verdad como: El significado de la palabra verdad abarca desde la honestidad, la buena fe y la sinceridad humana en general, hasta el acuerdo de los conocimientos con las cosas que se afirman como realidades: los hechos o la cosa en particular;[1] así como la relación de los hechos o las cosas en su totalidad en la constitución del todo, el Universo.”

Bien, ni siquiera los más expertos pueden concretarlo más. Pero también puede llevarnos a pensar en que cada uno puede tener su propio concepto de la verdad. Y entonces, ¿podemos darle un significado universal? Parece que no.

Las frases célebres que podamos leer tampoco nos sitúan ante lo mismo:
Nos dice Mencino: "El camino de la verdad es como una gran carretera. No es difícil de encontrar."
Y en cambio nos señala Demócrito: "La verdad está en el fondo de un pozo."
Entonces ¿la verdad es o no es complicada de hallar? Creo que estamos entrando en una vorágine peligrosa.




Pero si tan fervientemente queremos hallar la verdad, ¿cómo es que la mayoría del tiempo se hace tanto por ocultarla?
Es curioso como reivindicamos con tanta fuerza algo que realmente no queremos conseguir. Es posible que la deseemos solo porque es difícil de obtener y realmente no la entendemos.
Hay que apreciarla para valorarla en su totalidad cuando la hallamos.
Nadie puede pretender tener toda la verdad aunque se imponga a los demás para conseguirla, ya que la verdad “goza” de libre albedrío.
Os dejamos con un cuento, para fomentar vuestra reflexión acerca de todo lo expuesto.

El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime. Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.   --Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.   --He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.   --La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.   --A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?   --Puedo decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no bastan, en absoluto, para hacer mejor a la gente. El ser humano tiene que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar la verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden superior tiene, desde luego, muy poco que ver con la verdad ordinaria. El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:   --De lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que la gente diga la verdad; al menos puedo conseguir que sean veraces. El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio. El rey decidió establecer un patíbulo en el puente que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las órdenes de un capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público lo siguiente: “Toda persona que quiera entrar en la ciudad será previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente, será conducida al patíbulo y ahorcada”. Amanecía. El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la ciudad. Su amado bosque quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud. Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino y le preguntó:   --¿Adónde vas?   --Voy camino de la horca para que podáis ahorcarme -repuso sereno el eremita. El capitán aseveró:   --No lo creo.   --Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.   --Pero si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos convertido en cierto lo que has dicho y, en ese caso, no te habremos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.   --Así es -afirmó el ermitaño-. Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad! El Maestro dice: El aferramiento a los puntos de vista es una traba mental y un fuerte obstáculo en el viaje interior.

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